Suri tenía 95 años y cada domingo acudía a la plaza de la ciudad, se sentaba en el mismo banco de siempre y jugaba a imaginar el futuro de aquellos que pasaban por allí. Sentía nostalgia, el tiempo se le había esfumado entre café y café.
Ella tenía claro que lo difícil es saber disfrutar del camino, de esa montaña rusa que es la vida y que tanto asusta y divierte. Y es que al cabo de toda un vida comprendió que el amor verdadero estaba en los trenes que dejó escapar, los libros que no leyó, las ciudades que nunca visitó, la gente que no llegó a conocer, el beso que dejó de dar...
Tenía 95 años y su historia, al igual que este relato, estaba llegando a su fin.
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