El amor está dónde tú quieras que esté, me digo a diario. No importa dónde, sólo tú sabes que está ahí. Libros, películas...o cualquier cosa que por tonta que te parezca, es tú cosa. No nos engañemos, vistes la rutina pensando en la dosis de felicidad que recibirás cuando consumas esa cosa. Cuando veas ese programa que tanto te gusta, cuando te comas esa tarta que tanto deseas. Incluso disfrutas más pensando en la idea de que eso está ahí hasta que lo consumes propiamente. Hasta que se esfuma. Y piensas en otra cosa.
Y entre tanto piensas en la idea de amor, de otra manera. El amor como tal. Ni siquiera sé cómo es eso. ¿Tú lo sabes? Si el amor está dónde tú quieras que esté. Pero eso es sólo un pasatiempos. Un dulce pasatiempos.
La gente necesita que le pasen cosas buenas. O por lo menos pensar que le sucederán. Pensar que 'hay algo más'. Y es aquí, dónde a mi parecer, entra en juego el amor virtual. No me refiero a un amor digital sino más bien a un amor imaginario.
Dime, ¿recuerdas la última vez que te dieron un abrazo? ¿Y la última vez que alguien te sonrió? ¿Y la última vez que te lo pasaste realmente bien?
No pasa nada, el amor imaginario es necesario aunque quizás resulte dañino. A la larga ese bálsamo parecerá que sea lo más real que te pueda llegar a pasar. Incluso olvidarás que sólo es fruto de tu imaginación. A fin de cuentas el amor virtual es tan sólo amor de cartón. Te resguardará bajo la lluvia pero terminará por deshacerse, pues sabes que su estructura es algo temporal. Pero aunque el cartón no sea muy sólido siempre es mejor que nada.
El amor es algo real e imaginario. A fin de cuentas, el amor está dónde tú quieras que esté.
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